Hablar del doctor José Manuel Estrada Vázquez es acercarse a una de las figuras fundamentales en la historia de la Gran Fraternidad Universal (GFU), de la difusión del yoga y de las enseñanzas acuarianas en América y posteriormente en otros lugares del mundo; fue mucho más que uno de los dirigentes: fue el primer discípulo de Serge Raynaud de la Ferrière, fundador de la Gran Fraternidad Universal, y una figura esencial en la expansión de su enseñanza. Nació en Venezuela y, antes de su encuentro con Serge Raynaud de la Ferrière, ya estaba vinculado a movimientos de carácter espiritual y esotérico.

En enero de 1948 se produjo en Caracas un encuentro entre ambos y según fuentes históricas y académicas, Estrada encabezaba entonces un grupo de estudios espirituales y puso ese trabajo a disposición del proyecto que Raynaud de la Ferrière estaba desarrollando. Poco después, el 21 de marzo de 1948, Raynaud de la Ferrière y José Manuel Estrada participaron en la fundación de la Gran Fraternidad Universal en Venezuela. La propia GFU sitúa este acontecimiento como uno de los momentos fundacionales de la organización. A partir de entonces comenzó una relación de maestro y discípulo que marcaría profundamente la historia de la institución.

El Primer Discípulo

Dentro de la tradición de la GFU, Estrada recibió el título de Primer Discípulo de Serge Raynaud de la Ferrière.

En 1949, Raynaud de la Ferrière emprendió su viaje fuera de Venezuela y posteriormente continuó su recorrido por Europa y Asia mientras José Manuel Estrada permaneció en América y asumió una parte fundamental del trabajo de expansión de la organización, según la propia GFU, recibió de su maestro la misión de establecer los cimientos de la Gran Fraternidad Universal y difundir sus enseñanzas, este momento resultó especialmente importante porque la labor de Estrada no se limitó a conservar las enseñanzas recibidas: dedicó buena parte de su vida a crear centros, formar discípulos y extender el yoga y la filosofía de la GFU.

Uno de los aspectos más importantes del pensamiento de José Manuel Estrada fue su concepción del yoga como una vía integral, el yoga no debía reducirse, desde esta perspectiva, a la realización de posturas físicas. El trabajo corporal constituía una puerta hacia una transformación más profunda de la persona, su enseñanza integraba prácticas como Hatha Yoga, meditación, disciplina personal, alimentación vegetariana, estudio filosófico y desarrollo de la conciencia.

La propia historia de la GFU en Murcia permite comprobar la importancia que tuvo esta visión. En 1977, José Manuel Estrada, inauguró un centro de yoga en esta región, donde se desarrollaron clases de yoga, meditación, formación de profesores y actividades de estudio.

Su visión también queda reflejada en una de sus conocidas enseñanzas: «“La búsqueda de la verdad no se limita a ningún dogma.”» Esta frase resume una idea recurrente en su pensamiento: la búsqueda espiritual debía estar acompañada de experiencia, disciplina, estudio y comprensión, y no únicamente de la aceptación de unas creencias.

Ciencia, filosofía, arte y espiritualidad

La propuesta de la GFU pretendía establecer un diálogo entre diferentes ámbitos del conocimiento, su planteamiento institucional habla de la unión de ciencia, arte, filosofía y didáctica como herramientas para el perfeccionamiento del ser humano.

En este sentido, la figura de Estrada representa una concepción amplia de la espiritualidad: una espiritualidad que debía reflejarse en la manera de vivir, en el cuidado del cuerpo, en la alimentación, en las relaciones humanas, en el estudio y en el servicio. Para él, la transformación individual y la transformación colectiva estaban relacionadas, no bastaba con buscar la paz interior; era necesario intentar llevar esa paz a la convivencia con los demás.

Una característica que sus discípulos destacan especialmente es la importancia que concedía al ejemplo personal, la enseñanza no debía quedarse en palabras, el practicante tenía que intentar convertirla en una forma de vida. De ahí la importancia que adquirieron dentro de la tradición de la GFU conceptos como la disciplina, el servicio desinteresado, la fraternidad, la alimentación consciente, la práctica del yoga y el desarrollo de la voluntad.

En esta concepción, el yoga se convierte en mucho más que ejercicio físico: es una herramienta para aprender a observarse, disciplinarse y transformar progresivamente la propia conducta.

Uno de los legados más visibles de José Manuel Estrada fue la creación y expansión de centros dedicados al yoga.

Un ejemplo especialmente significativo es el Instituto de Yoga San José Insurgentes, fundado en México en 1968 bajo su impulso. El centro continúa vinculando su enseñanza con los ocho pasos clásicos del Hatha Yoga: Yama, Niyama, Asana, Pranayama, Pratyahara, Dharana, Dhyana y Samadhi. También encontramos su huella en Murcia, allí, su llegada en 1977 supuso un impulso importante para la creación de una estructura dedicada no solamente a las clases de yoga, sino también a la meditación, la formación de profesores y el estudio.

Así, el legado de Estrada puede encontrarse no solamente en libros o discursos, sino en algo mucho más tangible: las personas que aprendieron yoga con él y los centros que posteriormente continuaron transmitiendo sus enseñanzas.

Una enseñanza que continúa

Quizá la mejor manera de comprender la importancia que José Manuel Estrada tuvo para sus discípulos sea entender que su legado no se encuentra únicamente en lo que dijo, sino en la pregunta que dejó abierta:

¿Puede una persona transformar su propia vida mediante la disciplina, el conocimiento, el servicio y la búsqueda sincera de la verdad?

Para la tradición que él ayudó a construir, la respuesta era afirmativa, el yoga, la meditación, el estudio y la fraternidad no eran fines aislados, sino instrumentos para ese propósito.

Por eso, muchas décadas después de la fundación de la Gran Fraternidad Universal, su nombre continúa unido a una idea esencial: la búsqueda de una vida más consciente, más disciplinada y orientada al servicio de los demás, y quizá ese sea uno de los aspectos más profundos de su legado: recordar que el verdadero conocimiento no consiste solamente en saber más, sino en vivir de una manera diferente aquello que hemos aprendido.

En el yogasutra, Patañjali se refiere a los kleshas como las «cinco causas fundamentales del sufrimiento humano» y los identifica como:

Empezando por definir el término avidya, este significa “nesciencia” o “ignorancia” y es un sinónimo de ajñana, es decir, ignorancia espiritual.

Según el Yogasutra, es el primero y el más importante de los cinco kleshas (las causas de sufrimiento que atan a los seres humanos al ciclo de renacimiento).

De hecho, constituye la causa principal de los otros cuatro kleshas y Patañjali afirmaba los siguiente: “La ignorancia (la avidya) es ver lo que es eterno, puro, gozoso y perteneciente al Ser como efímero, e impuro y doloroso, perteneciente al no ser (el anatman)”.

La ignorancia se define como la confusión que nos hace ver lo eterno (el Ser) como transitorio y limitado. Según otro gran sabio, Shankaracharya, la avidya también podría ser “ver lo que es transitorio y limitado como eterno (el Ser)”. Este estado de confusión está determinado por la identificación y fijación habituales en las cosas placenteras que, al ser transitorias, no pueden provocar felicidad duradera. Un ejemplo sería considerar y tratar cosas efímeras como el cuerpo físico o las pertenencias personales como eternas y esperar que sean fuentes de felicidad eterna, por tanto, la ignorancia supone esta falta de discernimiento entre lo inmutable y eterno (Uno Mismo, el Ser) y lo que es efímero, transitorio e impermanente.

La avidya es la principal causa de sufrimiento porque la ignorancia nos hace buscar la felicidad eterna fuera de nuestro Ser real, en el mundo fenoménico. Al ser impermanentes, los diferentes aspectos del mundo no pueden brindarnos la felicidad eterna. Al contrario, nos provocan ilusión, apego, sufrimiento y dolor. Por lo tanto, en el contexto yóguico, la ignorancia no es una ausencia de conocimiento, sino un concepto erróneo sobre la realidad.

La asmita: la conciencia del ego

El término asmita, representa el sentimiento de ser o existir como una entidad personal. Constituye el sentido del ego. Este es el segundo de los kleshas y se trata de la limitación de la conciencia “egoica”.

De esta manera lo afirmó Patañjali: “La ‘egoidad’ (la asmita) es la aparente identificación de los poderes de la visión [es decir, los instrumentos del conocimiento (los órganos de los sentidos y la mente)] con el Vidente [es decir, el Ser Supremo, la Conciencia Testigo]”.

Por lo tanto, el sentido de individualidad que crea la personalidad se debe a la identificación del Conocedor (es decir, la Conciencia Testigo) con los instrumentos del conocimiento. Al identificarnos con los instrumentos del conocimiento (es decir, la mente y los órganos de los sentidos) tenemos la ilusión de que somos una entidad que habita en un cuerpo y tiene toda una historia personal con dramas, apegos, etc. Esto genera una sensación de separación, división y dualidad: yo y los demás, de esta forma se abre la puerta al sufrimiento.

El raga: el apego

El término raga significa “apego” o “pasión”. El tercer klesha, “Raga (apego) [es lo que] se basa en [experiencias] agradables”. Por lo tanto, raga se define como la atracción que sentimos hacia cualquier persona u objeto cuando cualquier tipo de placer o felicidad se deriva de esa persona u objeto.

Es natural que disfrutemos de las cosas que nos brindan diferentes formas de placer, ya sea físico, emocional o mental. Este disfrute no se convertirá en un obstáculo si somos conscientes de nuestra Verdadera Naturaleza, pero, mientras la avidya (la ignorancia como la raíz principal del sufrimiento) nos una, la atracción nos llevará a pensar en lo placentero y nos aferramos a ello, creyendo erróneamente que la felicidad ordinaria y efímera es eterna.

La atracción nos hace andar a tientas en busca del ananda (la dicha eterna) en el mundo exterior, que es engañoso y conduce al sufrimiento.

El dvesha: la aversión

El término dvesha, el cuarto klesha, significa “aversión”, “odio” o “repulsión”. En el Yogasutra, Patañjali lo define de esta manera: “La aversión (el dvesha) es aquello que se basa en experiencias dolorosas”. El dvesha supone la repulsión que se siente hacia cualquier persona u objeto que sea una fuente de dolor o infelicidad para nosotros.

La repulsión y la atracción son dos caras de la misma moneda. Buscar el placer y evitar el dolor nunca ha sido un camino espiritual válido. Ambos mantienen al ser humano al nivel de la mente, aferrándose a lo que es placentero y rechazando lo que no es placentero. Ambos dirigen el ser en el mundo exterior, manteniendo la ilusión de que podemos alcanzar la felicidad al rechazar lo que produce sufrimiento y al abrazar lo que da placer. El dvesha es solo raga (apego) en negativo. De hecho, esta pareja gobierna la mayor parte de nuestras vidas, condicionándonos consciente o inconscientemente, y es el caldo de cultivo de nuestros deseos mundanos.

Nisargadatta Maharaj expresó bellamente la misma idea: “Siempre buscas el placer, evitas el dolor, siempre buscas la felicidad y la paz. ¿No ves que es tu búsqueda de la felicidad lo que te hace sentir miserable? Inténtalo al revés: sé indiferente al dolor y al placer, sin pedir ni rechazar nada, presta toda tu atención al nivel en el que “yo soy” está presente de forma intemporal. Pronto te darás cuenta de que la paz y la felicidad están en tu propia naturaleza y solo es cuestión de buscarlas a través de algunos canales particulares que te perturban. Evita la perturbación, eso es todo”.

La repulsión nos ata tanto como la atracción, porque es la expresión de una fuerza que conecta dos elementos que se repelen. Por ejemplo, estamos más atados a la persona que odiamos que a la persona a la que somos indiferentes.

El abhinivesha: el miedo a la muerte

Para finalizar, tenemos el quinto klesha, el abhinivesha, este consiste en el “miedo a la muerte” o en el instinto de proteger el cuerpo físico. Según el Yogasutra (2:9): “El abhinivesha se sustenta en sus propias experiencias empíricas; afecta incluso a los eruditos”. Patañjali afirmó que este klesha se encuentra presente incluso en las personas instruidas, lo que significa que no puede trascenderse mediante la mera comprensión intelectual o el conocimiento derivado del estudio de las Escrituras o por comparar puntos de vista doctrinales.

Únicamente hasta que el árbol de los kleshas sea destruido, raíces y ramas por igual, por una práctica perseverante de disciplina yóguica y meditación, el miedo a la muerte continuará en mayor o menor grado. El abhinivesha es simplemente el fruto o la expresión final de la cadena de causas y efectos puesto en movimiento con el nacimiento de la avidya (ignorancia). También puede verse como resultado de la combinación de los otros kleshas: la avidya junto con la asmita (el sentido del ego) nos hace creer que la vida en este cuerpo es eterna, por lo tanto, generamos el raga (la atracción), deseando fuertemente vivir eternamente en esta forma, y el ​​dvesha (la aversión), rechazando poderosamente la idea de dejar este cuerpo.

Por esta razón, aferrarse a la vida a menudo se asocia con el miedo a la muerte.

Conclusión: el camino hacia la libertad interior

Los cinco kleshas descritos por Patañjali nos ofrecen una profunda mirada sobre el origen del sufrimiento humano. Avidya, asmita, raga, dvesha y abhinivesha no son únicamente conceptos filosóficos, sino patrones que podemos reconocer en nuestra propia experiencia cotidiana.

La ignorancia nos lleva a confundir lo permanente con lo transitorio; la identificación con el ego nos hace creer que somos aquello que cambia; el apego nos impulsa a aferrarnos al placer; la aversión nos lleva a rechazar aquello que nos causa dolor; y el miedo a la muerte refleja nuestro profundo aferramiento a la existencia.

El yoga propone un camino diferente: observar estos movimientos de la mente con conciencia, discernimiento y práctica constante. No se trata de luchar contra ellos ni de negar nuestras emociones, sino de comprender su origen y aprender a no quedar dominados por ellas.

A través de las asanas, el pranayama, la meditación y el cultivo de una actitud consciente, podemos comenzar a reconocer aquello que nos condiciona y recuperar una relación más libre con nuestros pensamientos, emociones y experiencias.